viernes, 3 de enero de 2014

Esperanza


Dejé que el tiempo pasara en aquel reloj de madera roto que se encontraba sobre la chimenea de la casa abandonada; lo miraba con desgana deseando que llegara a su final, deseando que tocara la siguiente hora, el siguiente minuto o incluso un único segundo, deseando que moviera sus agujas; si aquella vieja máquina del tiempo pudiera volver a funcionar sabría que todo tiene solución que las
muertes tienen sentido y que mis pensamientos no son un mar de letras sin sentido, que es, pues, lo único que puedo ver en un libro si lo miro, letras sin estructura, desordenadas. Ahora que pienso en mi pasado y valoro lo que quería ser en mi futuro me doy cuenta que una escritora disléxica era, es y seguirá siendo una estupidez.
Contemplo el resto de cenizas en el hueco de la chimenea, contemplo mi vida como la estupidez que había sido desde el día de mi nacimiento. Intento comparar y asemejar mi desastrosa vida con los restos del fuego alguna vez encendido: Aquella ceniza fue fuego, así fue, que sirvió para calentar a alguna familia en un frío invierno, o el regazo de una vieja ancianita en una larga noche o puede que incluso toda una tarde en una agradable reunión de amigos, pero antes fue un trunco, así fue, que quizás fue el techo de alguna otra casa consiguiendo salvar así de los mortales días y desagradables lluvias de invierno o del poderoso viento de otoño a familias o vagabundos, pero antes de ser un simple tronco muerto y seco fue un árbol, así fue, que dio vida a más plantas y cobijo a muchos animales que cuidó del caluroso y potente sol a nuestras familias y que acarició el rocío cuando nosotros no dormíamos. Antes de ser las insignificantes sobras de toda una vida ayudó a nuestra subsistencia y así se lo pagamos nosotros, matándolo, pero ni aún así nos damos cuenta,
estando frente a ello o cosechando su futuro "dueños del presente y del pasado, pero asesinos del futuro"; a diferencia de mi, este árbol dio vida y salvó otras tantas, inspiró historias y fue protagonista de sonrisas y cuadros, pero también espectador de la vida y el amor.
Me cuesta encontrar parecido pero no me faltan diferencias.
No es difícil contemplar con frialdad y demasiado sencillo pensar -con nuestros defectos humanos- que un único e insignificante árbol no le ha servido a la humanidad más que para traer problemas e incluso para formar un miserable infierno entorno a nuestras vidas; odiarnos es matarnos pero nadie se da cuenta.
El reloj continua su imperturbable descanso y un chirrido suena no muy lejos de mi.
Doy media vuelta sobre la silla de madera carcomida y ennegrecida por el humo que un día afloró en aquella mansión por el nacimiento de un fuego demasiado fuerte y seguro de si mismo que asoló el hogar con sus vivientes aún dentro.
El sonido desaparece, mantengo silencio atendiendo al extraño sonido de un viento recién nacido que se acerca a gran velocidad hacia el frontal del edificio.
Veo la gran puerta abierta que deja ver un amplio pasillo que incluso con el ennegrecimiento del humo puede verse su antiguo color blanco en las paredes con algunos trozos de alfombra en el suelo. A uno de los lados del pasillo se puede apreciar el hueco al que pertenecerían unas
escaleras, las que bajarían al piso inferior, unas escaleras privilegiadas que únicamente podían utilizar los dueños de la casa y sus invitados, sin embargo los propios sirvientes tenían unas
escaleras singulares y apartadas, marginadas socialmente; no puedo evitar sentirme identificada con esto, aunque desde mi punto de vista no se si me identifico más con los criados o con las escaleras.
Al terminar el pasillo se puede apreciar una habitación desprovista de puerta alguna, aunque todavía conservaba el hueco donde se sostenía; nada más asomarte puedes contemplar grandes ventanas
cerradas y tapiadas y las ahumadas paredes y rincones en un oscuro silencio.
El aire llega con presión y fuerza a aquella parte del edificio, pero parece pasar por el lado, como si lo hubiera esquivado. El aire parece acercarse cada vez más.
La pared del pasillo cae con un estrepitoso sonido que ni aun queriendo yo reaccionar pude, tras caer el pasillo, la pared tras de mi cae a su debido tiempo. Una montaña de polvo y escombros se forma bajo y sobre mi dejándome visiblemente atrapada. Miro casi sin sorpresa hacia el frente, entrecerrando los ojos por la luz del sol.
Puedo ver como los restos de la pared ceden a su propio peso, miro hacia todos lados, sé que no me he movido del sitio pero me siento perdida, detengo mi mirada en un reloj de madera añejo, dañado por los años, y maltratado por el propio tiempo que el mismo había dejado pasar hacia demasiado ya.
Lo contemplo con firmeza y mi mirada no se aparta de él, es diferente ahora que antes cuando estaba sobre la chimenea.
El primer segundo sonó en aquel anciano y desvencijado reloj.
''Si aquella vieja máquina del tiempo pudiera volver a funcionar sabría que todo tiene solución que las muertes tienen sentido y que mis pensamientos no son un mar de letras sin sentido, que es, pues, lo único que puedo ver en un libro si lo miro, letras sin estructura, desordenadas.''
Quizás siga sin encontrarle sentido a la razón de la muerte pero quizás la tenga también -tal y como todo tiene un limite, la vida también tiene uno y en este caso, al igual que en todos ¿Por qué no
ha de haber otro comienzo?- sin embargo esto me lleva a plantearme el por qué arrojar la toalla.
Me levanto con energía y dejo caer las piedras y los trozos de pared que se habían quedado sobre mi, las heridas desaparecen en mi mente, pero son notables en mi cuerpo, me asomo al hueco que había quedado finalmente en la pared y comienzo a agitar las manos con fuerza y energía intentando llamar la atención de los hombres de la demolición -y consiguiéndolo-, estoy decidida, acababa de comprobar y de ser espectadora de que una reliquia como aquella vieja máquina volvía a estar en funcionamiento volvía a la vida como yo volvería a mis sueños.

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