Dejé
que el tiempo pasara en aquel reloj de madera roto que se encontraba
sobre la chimenea de la casa abandonada; lo miraba con desgana
deseando que llegara a su final, deseando que tocara la siguiente
hora, el siguiente minuto o incluso un único segundo, deseando que
moviera sus agujas; si aquella vieja máquina del tiempo pudiera
volver a funcionar sabría que todo tiene solución que las
muertes
tienen sentido y que mis pensamientos no son un mar de letras sin
sentido, que es, pues, lo único que puedo ver en un libro si lo
miro, letras sin estructura, desordenadas. Ahora que pienso en mi
pasado y valoro lo que quería ser en mi futuro me doy cuenta que una
escritora disléxica era, es y seguirá siendo una
estupidez.
Contemplo el resto de cenizas en el hueco de la
chimenea, contemplo mi vida como la estupidez que había sido desde
el día de mi nacimiento. Intento comparar y asemejar mi desastrosa
vida con los restos del fuego alguna vez encendido: Aquella ceniza
fue fuego, así fue, que sirvió para calentar a alguna familia en un
frío invierno, o el regazo de una vieja ancianita en una larga noche
o puede que incluso toda una tarde en una agradable reunión de
amigos, pero antes fue un trunco, así fue, que quizás fue el techo
de alguna otra casa consiguiendo salvar así de los mortales días y
desagradables lluvias de invierno o del poderoso viento de otoño a
familias o vagabundos, pero antes de ser un simple tronco muerto y
seco fue un árbol, así fue, que dio vida a más plantas y cobijo a
muchos animales que cuidó del caluroso y potente sol a nuestras
familias y que acarició el rocío cuando nosotros no dormíamos.
Antes de ser las insignificantes sobras de toda una vida ayudó a
nuestra subsistencia y así se lo pagamos nosotros, matándolo, pero
ni aún así nos damos cuenta,
estando frente a ello o cosechando
su futuro "dueños del presente y del pasado, pero asesinos
del futuro"; a diferencia de mi, este árbol dio vida y
salvó otras tantas, inspiró historias y fue protagonista de
sonrisas y cuadros, pero también espectador de la vida y el amor.
Me
cuesta encontrar parecido pero no me faltan diferencias.
No es
difícil contemplar con frialdad y demasiado sencillo pensar -con
nuestros defectos humanos- que un único e insignificante árbol no
le ha servido a la humanidad más que para traer problemas e incluso
para formar un miserable infierno entorno a nuestras vidas; odiarnos
es matarnos pero nadie se da cuenta.
El reloj continua su
imperturbable descanso y un chirrido suena no muy lejos de mi.
Doy
media vuelta sobre la silla de madera carcomida y ennegrecida por el
humo que un día afloró en aquella mansión por el nacimiento de un
fuego demasiado fuerte y seguro de si mismo que asoló el hogar con
sus vivientes aún dentro.
El sonido desaparece, mantengo silencio
atendiendo al extraño sonido de un viento recién nacido que se
acerca a gran velocidad hacia el frontal del edificio.
Veo la gran
puerta abierta que deja ver un amplio pasillo que incluso con el
ennegrecimiento del humo puede verse su antiguo color blanco en las
paredes con algunos trozos de alfombra en el suelo. A uno de los
lados del pasillo se puede apreciar el hueco al que pertenecerían
unas
escaleras, las que bajarían al piso inferior, unas
escaleras privilegiadas que únicamente podían utilizar los dueños
de la casa y sus invitados, sin embargo los propios sirvientes tenían
unas
escaleras singulares y apartadas, marginadas socialmente; no
puedo evitar sentirme identificada con esto, aunque desde mi punto de
vista no se si me identifico más con los criados o con las
escaleras.
Al terminar el pasillo se puede apreciar una habitación
desprovista de puerta alguna, aunque todavía conservaba el hueco
donde se sostenía; nada más asomarte puedes contemplar grandes
ventanas
cerradas y tapiadas y las ahumadas paredes y rincones en
un oscuro silencio.
El aire llega con presión y fuerza a aquella
parte del edificio, pero parece pasar por el lado, como si lo hubiera
esquivado. El aire parece acercarse cada vez más.
La pared del
pasillo cae con un estrepitoso sonido que ni aun queriendo yo
reaccionar pude, tras caer el pasillo, la pared tras de mi cae a su
debido tiempo. Una montaña de polvo y escombros se forma bajo y
sobre mi dejándome visiblemente atrapada. Miro casi sin sorpresa
hacia el frente, entrecerrando los ojos por la luz del sol.
Puedo
ver como los restos de la pared ceden a su propio peso, miro hacia
todos lados, sé que no me he movido del sitio pero me siento
perdida, detengo mi mirada en un reloj de madera añejo, dañado por
los años, y maltratado por el propio tiempo que el mismo había
dejado pasar hacia demasiado ya.
Lo contemplo con firmeza y mi
mirada no se aparta de él, es diferente ahora que antes cuando
estaba sobre la chimenea.
El primer segundo sonó en aquel anciano
y desvencijado reloj.
''Si aquella vieja máquina del tiempo
pudiera volver a funcionar sabría que todo tiene solución que las
muertes tienen sentido y que mis pensamientos no son un mar de letras
sin sentido, que es, pues, lo único que puedo ver en un libro si lo
miro, letras sin estructura, desordenadas.''
Quizás siga sin
encontrarle sentido a la razón de la muerte pero quizás la tenga
también -tal y como todo tiene un limite, la vida también tiene uno
y en este caso, al igual que en todos ¿Por qué no
ha de haber
otro comienzo?- sin embargo esto me lleva a plantearme el por qué
arrojar la toalla.
Me levanto con energía y dejo caer las piedras
y los trozos de pared que se habían quedado sobre mi, las heridas
desaparecen en mi mente, pero son notables en mi cuerpo, me asomo al
hueco que había quedado finalmente en la pared y comienzo a agitar
las manos con fuerza y energía intentando llamar la atención de los
hombres de la demolición -y consiguiéndolo-, estoy decidida,
acababa de comprobar y de ser espectadora de que una reliquia como
aquella vieja máquina volvía a estar en funcionamiento volvía a la
vida como yo volvería a mis sueños.