martes, 7 de enero de 2014

¿Cuento De Hadas?


Contemplaba el cielo como nunca antes había podido verlo, su claridad y su belleza me cegaban la mente pero no la vista.
La soledad era mi mejor compañera en aquellos momentos, aunque de todas maneras, quisiera o no, era la única y lo sabía.
El tiempo pasaba lento y pesado y mis piernas se cansaban de aquella postura erguida y uniforme. Miro el cielo con la boca entreabierta y la mirada perdida en la infinidad. En aquel momento, de repente, sin más, me pregunté ¿Por qué no? Quizás llegue, o quizás yo desaparezca...
Comencé a caminar, mis manos buscaban cobijo en el hueco de mis pantalones donde no había espacio más que para mi móvil, me aferré al abrigo y lo apreté contra mi, abrochándolo y metiendo las manos en los bolsillos.
Caminaba en línea recta o al menos eso me parecía, la percepción de mi entorno llegaba borrosa hasta mi mientras miraba al cielo.
Una sombra caminaba a una velocidad lenta pero constante frente a mi, pero hacia una dirección contraria a la mía.
Noté que había alguien más tras de mi, una mano fió varios golpes en mi hombro y a continuación hoy un siseo, di media vuelta e intenté fijar mi mirada hacia el frente, en aquel movimiento brusco perdí por completo el equilibrio, el suelo parecía haberse movido del sitio y su volumen parecía haber cambiado y pasar a ser más bajo de lo normal.
No importaba como ni cual fuera la causa, tampoco la razón, lo único cierto es que me caí, así es, desafortunadamente acabe topándome con el frío suelo y de losas amarillentas de aquel gran parque.
Miré a mi alrededor desorientada, perdida, las gafas se me habían caído y las había podido escuchar rodar hacia algún lado.
Escucho unos pasos que corren pero no puedo identificar si huyen de mi o se acercan.
Tras unos segundos alguien me cogió en un intento de levantarme, pero quedo medio-tumbada en el suelo. Sentada en dirección contraria a la que me dirigía en un principio. No conseguí averiguar, en aquel instante, la torpeza de mi giro, pero no lo pude remediar. No aparte la mirada de la dirección a la que me había girado, no había nadie, nadie.
Me había sujetado de los brazos y me había ayudado a levantar.
Me extendió las gafas con las patas sueltas y colgando, miré la mano que me las entregaba y las cogí, poco después dirigí la mirada hacia donde me dirigía antes, mientras me colocaba las gafas; la persona ya no estaba allí donde andaba antes, hacia mi.
Le miro, su rostro se veía oscuro en la noche, con la luz de horizonte haciendo contraluz a su rostro, y con la luna como única iluminación azulada, mas aún con aquella oscuridad sabía que él era quien había estado andando frente a mi.
Le sonrió pero apenas puedo sentir mis propios gestos ni siquiera mi mismo rostro por el frío que había comenzado a hacer.
Todavía no me había soltado el brazo y su mirada de ojos castaños color almendra causaban un extraño escalofrío en mi nuca mientras se erizaban mis cabellos, podía sentir el calor de su cuerpo junto a mi, y la suavidad de su piel que se abría paso a través de un espacio que había dejado sus guantes negros de algodón y cuero y mi fino abrigo.
Me sonrió enseñando sus blancos dientes, formando un graciosos hoyuelo en unas de sus mejillas.
No era capaz de pronunciar palabra alguna, mi vocabulario había desaparecido de mi mente, no me salían mas que balbuceos que eran inaudibles con aquel aire.
Ambos parecíamos haber entrado en un extraño estado de choc, en lo que las palabras no hacían más que estorbar.
Pareció darse cuenta del silencio que se había formado en cuestión de segundos, y me ofreció con su cálida sonrisa alguna bebida caliente en el bar más cercano. Se lo acepté perdida en la oscuridad
de sus pupilas, mientras temblaba como un flan bajo aquella hermosa lluvia de estrellas. Tras comprobar mis repentinos movimientos, a pesar de la poca distancia que había entre nosotros, me ofreció su chaqueta que se quitó a pesar de que me negué.
Caminamos hacia el lugar cubierto más cercano. Yo tapada con su chaqueta y con el escudo de sus brazos que me acomodaban la chaqueta y me protegían del frío mientras entrelazábamos una agradable conversación cubierta de dulces sonrisas.
Quizás nos acabáramos de conocer pero jamás antes había podido experimentar sentimientos iguales, aquel poder que había conseguido hacer que todo lo demás desapareciera y que lo único existente fuéramos nosotros... Había oído mil y una historias sobre los duendes de los bosques y hadas de la noche y esta se uniría a una de ellas.

viernes, 3 de enero de 2014

Esperanza


Dejé que el tiempo pasara en aquel reloj de madera roto que se encontraba sobre la chimenea de la casa abandonada; lo miraba con desgana deseando que llegara a su final, deseando que tocara la siguiente hora, el siguiente minuto o incluso un único segundo, deseando que moviera sus agujas; si aquella vieja máquina del tiempo pudiera volver a funcionar sabría que todo tiene solución que las
muertes tienen sentido y que mis pensamientos no son un mar de letras sin sentido, que es, pues, lo único que puedo ver en un libro si lo miro, letras sin estructura, desordenadas. Ahora que pienso en mi pasado y valoro lo que quería ser en mi futuro me doy cuenta que una escritora disléxica era, es y seguirá siendo una estupidez.
Contemplo el resto de cenizas en el hueco de la chimenea, contemplo mi vida como la estupidez que había sido desde el día de mi nacimiento. Intento comparar y asemejar mi desastrosa vida con los restos del fuego alguna vez encendido: Aquella ceniza fue fuego, así fue, que sirvió para calentar a alguna familia en un frío invierno, o el regazo de una vieja ancianita en una larga noche o puede que incluso toda una tarde en una agradable reunión de amigos, pero antes fue un trunco, así fue, que quizás fue el techo de alguna otra casa consiguiendo salvar así de los mortales días y desagradables lluvias de invierno o del poderoso viento de otoño a familias o vagabundos, pero antes de ser un simple tronco muerto y seco fue un árbol, así fue, que dio vida a más plantas y cobijo a muchos animales que cuidó del caluroso y potente sol a nuestras familias y que acarició el rocío cuando nosotros no dormíamos. Antes de ser las insignificantes sobras de toda una vida ayudó a nuestra subsistencia y así se lo pagamos nosotros, matándolo, pero ni aún así nos damos cuenta,
estando frente a ello o cosechando su futuro "dueños del presente y del pasado, pero asesinos del futuro"; a diferencia de mi, este árbol dio vida y salvó otras tantas, inspiró historias y fue protagonista de sonrisas y cuadros, pero también espectador de la vida y el amor.
Me cuesta encontrar parecido pero no me faltan diferencias.
No es difícil contemplar con frialdad y demasiado sencillo pensar -con nuestros defectos humanos- que un único e insignificante árbol no le ha servido a la humanidad más que para traer problemas e incluso para formar un miserable infierno entorno a nuestras vidas; odiarnos es matarnos pero nadie se da cuenta.
El reloj continua su imperturbable descanso y un chirrido suena no muy lejos de mi.
Doy media vuelta sobre la silla de madera carcomida y ennegrecida por el humo que un día afloró en aquella mansión por el nacimiento de un fuego demasiado fuerte y seguro de si mismo que asoló el hogar con sus vivientes aún dentro.
El sonido desaparece, mantengo silencio atendiendo al extraño sonido de un viento recién nacido que se acerca a gran velocidad hacia el frontal del edificio.
Veo la gran puerta abierta que deja ver un amplio pasillo que incluso con el ennegrecimiento del humo puede verse su antiguo color blanco en las paredes con algunos trozos de alfombra en el suelo. A uno de los lados del pasillo se puede apreciar el hueco al que pertenecerían unas
escaleras, las que bajarían al piso inferior, unas escaleras privilegiadas que únicamente podían utilizar los dueños de la casa y sus invitados, sin embargo los propios sirvientes tenían unas
escaleras singulares y apartadas, marginadas socialmente; no puedo evitar sentirme identificada con esto, aunque desde mi punto de vista no se si me identifico más con los criados o con las escaleras.
Al terminar el pasillo se puede apreciar una habitación desprovista de puerta alguna, aunque todavía conservaba el hueco donde se sostenía; nada más asomarte puedes contemplar grandes ventanas
cerradas y tapiadas y las ahumadas paredes y rincones en un oscuro silencio.
El aire llega con presión y fuerza a aquella parte del edificio, pero parece pasar por el lado, como si lo hubiera esquivado. El aire parece acercarse cada vez más.
La pared del pasillo cae con un estrepitoso sonido que ni aun queriendo yo reaccionar pude, tras caer el pasillo, la pared tras de mi cae a su debido tiempo. Una montaña de polvo y escombros se forma bajo y sobre mi dejándome visiblemente atrapada. Miro casi sin sorpresa hacia el frente, entrecerrando los ojos por la luz del sol.
Puedo ver como los restos de la pared ceden a su propio peso, miro hacia todos lados, sé que no me he movido del sitio pero me siento perdida, detengo mi mirada en un reloj de madera añejo, dañado por los años, y maltratado por el propio tiempo que el mismo había dejado pasar hacia demasiado ya.
Lo contemplo con firmeza y mi mirada no se aparta de él, es diferente ahora que antes cuando estaba sobre la chimenea.
El primer segundo sonó en aquel anciano y desvencijado reloj.
''Si aquella vieja máquina del tiempo pudiera volver a funcionar sabría que todo tiene solución que las muertes tienen sentido y que mis pensamientos no son un mar de letras sin sentido, que es, pues, lo único que puedo ver en un libro si lo miro, letras sin estructura, desordenadas.''
Quizás siga sin encontrarle sentido a la razón de la muerte pero quizás la tenga también -tal y como todo tiene un limite, la vida también tiene uno y en este caso, al igual que en todos ¿Por qué no
ha de haber otro comienzo?- sin embargo esto me lleva a plantearme el por qué arrojar la toalla.
Me levanto con energía y dejo caer las piedras y los trozos de pared que se habían quedado sobre mi, las heridas desaparecen en mi mente, pero son notables en mi cuerpo, me asomo al hueco que había quedado finalmente en la pared y comienzo a agitar las manos con fuerza y energía intentando llamar la atención de los hombres de la demolición -y consiguiéndolo-, estoy decidida, acababa de comprobar y de ser espectadora de que una reliquia como aquella vieja máquina volvía a estar en funcionamiento volvía a la vida como yo volvería a mis sueños.