Posó
su mano sobre su camisa manchada de sangre que aún estaba caliente y
emanaba de la recién creada herida. Todo su dolor, aquel mareó
infernal que se concentraba en su mente y como un gran enjambre de
abejas que no dejaba de zumbar, desapareció haciendo que todo se
concentrara en el repentino calor del torso de su muñeca y el frío
que dejaba disfrutar el deslizar de las gotas de sangre.
El ruido se convirtió en silencio y el dolor mental en físico, rápida olvidó su sufrimiento mental que en aquel momento, tan solo en ese corto instante, vio insignificante comparado con el desagradable, aunque familiar, dolor físico, que tarde o temprano acabaría volviendo a desaparecer.
El ruido se convirtió en silencio y el dolor mental en físico, rápida olvidó su sufrimiento mental que en aquel momento, tan solo en ese corto instante, vio insignificante comparado con el desagradable, aunque familiar, dolor físico, que tarde o temprano acabaría volviendo a desaparecer.
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